Mis “Ángeles de Charlie” (aunque ellas saben que son mucho más que eso)

No quería escribir esto el Día Internacional de la Mujer.
No por falta de motivos —que los hay de sobra— sino precisamente por lo contrario: porque hay reconocimientos que, si se encajan en una fecha concreta, corren el riesgo de parecer previsibles. Y este no lo es.

Gracias a ellas, lo que era un negocio se convirtió en una empresa.
Y lo que era una empresa, terminó convirtiéndose en algo mucho más sofisticado: una estructura capaz de operar activos (antes eran pisos, simplemente), relacionarse con SOCIMIs, trabajar con family offices (gracias a ello y a SAH – ellas saben – hemos mejorado mucho en el inglés) … e incluso construir “nuestra” propia SOCIMI.

Han vivido —y empujado— cada uno de esos cambios.

De gestionar propietarios a gestionar estructuras.
De trabajar con criterio de caja a diseñar y defender presupuestos.
De compartir oficina, alquilando espacios para cuadrar números, a tener una oficina en propiedad.

Su dedicación solo es comparable con la confianza que tengo en ellas. (Aún recuerdo la DD en fase COVID, entre muchas…)
Y creo —o al menos espero— que saben que esa confianza es recíproca: que siempre me tendrán ahí, para lo que necesiten.

Equipo Madrideasy

 

Tres historias. Un mismo eje.

He escrito los tres nombres en tres hojitas, y hablo de ellas conforme han salido en la hoja. Porque no voy a ponerlas en orden.
Porque el orden, en este caso, introduce jerarquía… y aquí no la hay.
Cada una ocupa un lugar distinto, pero igual de imprescindible.

Lorena Rodriguez

Lorena Rodriguez llegó desde Écija, desde un entorno profesional que poco tenía que ver con el inmobiliario. En teoría, venía a encargarse de la administración, a dar soporte en una función concreta y acotada. Pero hay incorporaciones que, con el tiempo, dejan de encajar en la definición inicial… porque superan el marco para el que fueron pensadas.

Recuerdo perfectamente la referencia de Fernando, que fue quien la entrevistó para sustituirle:
“Es increíble, va a poder con el departamento sin problema”.

La realidad es que no solo pudo con el departamento, sino que lo amplió, lo estructuró y terminó convirtiéndose en una pieza clave en la toma de decisiones que afectan directamente al negocio.

Hoy, todo lo relativo a contabilidad y administración no solo pasa por ella, sino que descansa en ella. Y eso, en una empresa que ha transitado desde una lógica casi de caja hacia una gestión presupuestaria más compleja y exigente, no es una evolución menor: es un cambio de dimensión.

Pero hay algo que, para mí, tiene incluso más valor.

Que haya creído en el proyecto no solo como trabajadora, sino también como inversora. Ese primer piso que adquirió y que gestionamos juntos —y que pronto cumplirá cinco años— es, en el fondo, la mejor validación posible de lo que hacemos. Porque cuando alguien que conoce el negocio desde dentro decide poner su dinero, ya no estamos hablando de discurso, sino de convicción.

También hay momentos que definen una relación profesional más allá del trabajo. Recuerdo perfectamente cuando me trasladó que “sentía la llamada de Écija”, de su entorno, de sus padres, algo completamente natural para alguien en su momento vital. Y no hubo duda: podía irse… y seguir.

El teletrabajo, en su caso, no fue una adaptación operativa, sino una consecuencia lógica de la confianza construida durante años.

 

Oumaima Rahibe

Oumaima Rahibe (Mai), se incorporó en septiembre de 2017 y asumió desde muy pronto la responsabilidad del área comercial, en un momento en el que esa función empezaba a ser crítica para el crecimiento y la consolidación del proyecto.

Si Lorena representa la estructura y el orden interno, Mai ha sido —y sigue siendo— una de las principales caras hacia fuera, el punto de contacto donde se materializa gran parte de la relación con clientes, operaciones y oportunidades.

Hay además un rasgo que comparte con Lorena y que, personalmente, me parece especialmente valioso: tiene carácter. Un carácter fuerte, bien entendido. De ese que no se impone por volumen, sino por criterio. Y que combina algo que no es fácil de encontrar: un guante de hierro cuando hace falta sostener una decisión, y otro de seda cuando la situación exige sensibilidad, empatía o cintura.

Ese equilibrio —entre firmeza y tacto— es probablemente una de las razones por las que ha podido evolucionar con naturalidad hacia entornos comerciales cada vez más exigentes, donde no basta con cerrar operaciones, sino que hay que saber cómo y cuándo hacerlo.

He tenido la suerte de acompañarla recientemente en un momento muy importante de su vida personal: su boda. Y, aunque pueda parecer un detalle menor, no lo es. Estar ahí, formar parte de ese momento, dice mucho más de lo que se suele verbalizar en una relación profesional.

Siempre he sentido —quizá por tener a sus padres en otro país— una responsabilidad adicional con ella. No desde un enfoque paternalista, sino desde una lógica bastante sencilla: que alguien que está lejos de su núcleo familiar debería poder encontrar en su entorno profesional un espacio de estabilidad, de crecimiento y, en cierta medida, de cuidado.

Con el tiempo, ha construido su vida aquí: amigos, pareja, proyecto. Y el hecho de que su hermana también forme parte del equipo es, en sí mismo, una señal muy potente de confianza en lo que somos como organización.

En lo profesional, ha crecido al mismo ritmo que el negocio, adaptándose a una mayor complejidad comercial, a clientes más exigentes y a un entorno donde ya no basta con gestionar, sino que hay que entender, anticipar y posicionar cada operación con criterio.

Y, en lo personal, me queda una pequeña ambición que casi considero compartida: verla asentarse del todo, encontrar ese hogar donde estar tranquila… y acompañarla en su primera inversión. Porque, conociendo su recorrido, no tengo ninguna duda de que llegará.

 

Irene Valero

Irene Valero, fue de las primeras en incorporarse y, probablemente, es la más difícil de explicar con precisión.

Porque no encaja en una categoría clásica, ni responde a una descripción de puesto que uno pueda escribir con claridad en un organigrama. No tiene un área “bonita”, ni una función fácilmente etiquetable, y sin embargo, cuando uno analiza cómo funciona realmente una empresa —no sobre el papel, sino en el día a día— entiende que hay perfiles que no se pueden sustituir porque no están definidos por su título, sino por su capacidad de responder a lo que va surgiendo.

Irene es exactamente eso.

Es la persona que absorbe la fricción del sistema, la que recoge lo que nadie quiere o lo que no está asignado, lo que llega tarde, lo que llega mal o, directamente, lo que no debería haber llegado nunca. Y, en lugar de devolverlo o cuestionarlo, lo ordena, lo resuelve y lo hace avanzar, que es, en definitiva, lo único que importa.

En una estructura operativa como la nuestra —donde conviven propietarios, inquilinos, incidencias, números, contratos y decisiones— ese papel no es accesorio; es, muchas veces, lo que permite que todo lo demás funcione con cierta normalidad.

Por eso, aunque desde fuera pueda parecer que “lleva los restos”, en realidad está sosteniendo el conjunto. Es nuestro salvavidas, y no es una exageración.

Todos sabemos que, en algún momento, acabaremos recurriendo a ella, y lo hacemos con una tranquilidad poco habitual en una organización: la certeza de que, si Irene lo coge, saldrá.

Pero más allá de la eficiencia, hay una forma de estar que marca la diferencia. Tiene una generosidad poco frecuente en el trabajo, no solo en asumir tareas, sino en asumirlas sin ruido, sin necesidad de reconocimiento inmediato y sin entrar constantemente en el perímetro de lo que “le toca” o deja de tocarle. Y eso, con el tiempo, no solo resuelve problemas: construye cultura y, sobre todo, construye confianza.

Me encanta su perfil, porque no es el que más se ve ni el que más se verbaliza, pero suele ser el que más pesa cuando de verdad hay que sostener una empresa en crecimiento.

Fue la primera que sintió su propia “llamada” —en su caso hacia Jerez— y decidió reordenar su vida sin romper el vínculo con el proyecto, demostrando que el compromiso no depende de una silla en una oficina, sino de algo bastante más profundo y, seguramente, más difícil de encontrar.

No sé cómo es Irene fuera del trabajo con todo el detalle que da el día a día compartido, pero sí tengo una intuición bastante clara: que esa misma forma de ser —resolutiva, generosa y silenciosamente imprescindible— no se queda aquí.

Y, viendo el “zoo” que tiene montado en casa, entre perros y gatos, diría que además entrena a diario exactamente lo mismo que aquí: gestionar el caos con paciencia infinita, repartir atención sin perder la cabeza… y conseguir que, de alguna manera, todo funcione.

 

Más allá de ellas… pero también gracias a ellas

No es fácil construir una empresa, pero todavía es más difícil sostenerla en el tiempo sin perder el rumbo ni la coherencia de lo que uno quería hacer desde el principio.

Y, cuando uno mira hacia atrás con algo de perspectiva, entiende que el crecimiento rara vez lo explican solo las decisiones estratégicas, las operaciones o los números, sino que responde, sobre todo, a las personas que han estado ahí cuando no todo era evidente, cuando había más dudas que certezas y cuando el camino aún no tenía forma del todo.

Lorena, Mai e Irene no son iguales, y precisamente en esa diferencia —en cómo cada una ocupa su espacio sin invadir el de las demás— es donde aparece algo que no se puede diseñar ni forzar: un equilibrio que hace que el conjunto funcione.

Una aporta estructura, otra empuje comercial, otra equilibrio operativo; una ordena, otra proyecta, otra sostiene, y entre las tres han construido, sin necesidad de grandes discursos, un sistema que funciona porque está basado en la confianza y en la responsabilidad asumida de forma natural.

A mí me gusta llamarlas, medio en broma, mis “Ángeles de Charlie”, aunque con el paso del tiempo ese guiño se ha ido quedando corto, porque lo que realmente representan es algo bastante más serio: tres pilares sobre los que se ha apoyado todo lo demás.

No quiero que este reconocimiento desdibuje a nadie que haya pasado o que esté hoy en el equipo, porque sería injusto; he tenido —y tengo— la suerte de rodearme de gente muy válida. Pero casi diez años no se explican solo por capacidad, sino por algo mucho más difícil de encontrar y, sobre todo, de mantener en el tiempo: compromiso, lealtad y una forma de entender el trabajo que va más allá de lo estrictamente contractual.

Ellas saben que pueden pedirme lo que necesiten, porque yo me siento en la libertad de pedirles ayuda siempre, y ese equilibrio —tan sencillo de enunciar y tan complejo de sostener en la práctica— termina siendo, con los años, una de las pocas ventajas competitivas reales que existen.

Con el tiempo, además, he ido entendiendo algo más personal, algo que probablemente no se ve desde fuera pero que condiciona muchas de las decisiones que tomo: llega un momento en el que uno deja de levantarse por necesidad —o al menos no solo por ella— y empieza a hacerlo con la intención de construir algo que tenga sentido, que funcione y que crezca, pero que, sobre todo, merezca la pena para quienes lo hacen posible, generando un entorno donde se pueda trabajar por dinero, sí, pero sin renunciar a la tranquilidad, al desarrollo personal y a la sensación de estar construyendo una vida en lugar de simplemente resistir el día a día.

Esto no va de celebrar un día concreto, ni de encajar un reconocimiento en una fecha señalada que lo diluya.

Va de reconocer una trayectoria con nombres propios y de asumir, sin demasiada épica pero con bastante claridad, que si el proyecto ha llegado hasta aquí no ha sido solo por lo que hemos hecho, sino —y seguramente más importante— por quién lo ha hecho posible.